lunes, 31 de marzo de 2008

/ Café Lumière /

2008-02-23
En el excelente Cineclub Municipal Hugo del Carril, vi Café Lumière, de Hou Hsiao Hsien. Es buena, pero no la volvería a ver. Yo venía mal dormido y me la pasé bostezando. A mi alrededor oía más bostezos. No creo que todos hayan dormido mal. El argumento de la película no interesa en absoluto. En realidad, ni siquiera hay argumento. La película muestra. Con lentitud, con prosaísmo, casi con tedio, muestra la cotidianidad de una mujer y de su entorno. Todos los pormenores, los silencios, las esperas. No hay dramatismo. No hay tensión. No hay misterio. Excepto uno: el sentido de la película. (Al final aparece otro, el principal, que modifica todo lo anterior.) Promediando la película yo pensaba: “Todavía no sé cuál es el tema.” La película muestra y muestra: la mujer hablando por teléfono, viajando en tren, investigando sobre un antiguo músico, narrando un sueño, hablando por teléfono, viajando en tren… Todo lento, silencioso, prosaico. (Y, alrededor, los bostezos.) Yo pensaba: “Tiene que haber algo que justifique todo.” Me acordaba de un artículo de Guillermo Martínez: El cuento como sistema lógico. Me parece que Martínez exagera. Un cuento, dice, es un sistema lógico. Apoya su tesis en la variedad de lógicas del siglo 20: polivalentes, difusas, etc. Lo que quiere decir, o lo que debió decir, es algo más simple y menos novedoso: en una buena obra todo tiene justificación. O sea, no falta nada ni sobra nada. Esa convicción tiene siglos y no vale tan sólo para el cuento. Por ejemplo (en contra de Martínez), vale para las novelas. Salvo que en un cuento, como en un poema, la brevedad exige economía máxima. La idea es simple: si no hay razones para que algo esté donde está, lo experimentamos como un disvalor. (Lo cual no nos prohíbe ser absurdos, caóticos o disvaliosos.) El novio de la protagonista hace algo extraño. Graba sonidos de trenes urbanos. Lo justifica de este modo: “Tal vez para alguien sea valioso.” Una sucesión interminable de sonidos de trenes no parece el mejor candidato para convertirse en algo valioso, pero la posibilidad está abierta. Más de una vez, en la historia del arte, las valoraciones (es decir, las preferencias) han sufrido vuelcos. Y bueno: él está haciendo grabaciones en una estación, con la novia, y la película termina. Ahí se justifica todo. Todo: la filmación en clave de registro documental, la investigación sobre el antiguo músico, el sueño sobre el niño real sustituido por un doble, etcétera. Grabar sonidos de trenes es análogo a filmar una película. Ambos son registros de una parte de la realidad; tal vez para alguien sean valiosos. La idea me parece buena; pero ¿hacían falta 110 minutos de casi tedio para exponerla? Voy a decir la verdad. Hay una escena que realmente me gustó. Ocurre cerca del final. Es cine sobre el cine. O sobre la representación. Ella viaja en el tren y se duerme. Él, por casualidad, sube al mismo coche. Está grabando sonidos. Y aproxima el micrófono a la durmiente, que es inaudible. Ella está ahí, pero no deja huellas en la grabación. La película muestra; pero hay algo infinito no mostrado.

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