lunes, 31 de marzo de 2008

/ Criaturas celestiales /

2003-11-14
Me acaba de pasar algo importante. (…) Después de cinco años, vi de nuevo Criaturas celestiales. Estoy satisfecho. La segunda vez no me defraudó. ¿Por dónde empiezo? A la tarde fui al Cine Córdoba para ver a Kate Winslet en la película Iris, que no me entusiasmó, a pesar de la bella y excelente Kate. Antes que terminara salí. Un colectivo me acercó a Bella Vista, el barrio donde está la biblioteca popular fundada por Andrés Rivera. [Ese dato es erróneo.] Ahí proyectaban Criaturas celestiales. Esperé en la salita, junto con tres o cuatro espectadores más. Y llegó Andrés Rivera, lo cual me asustó, porque lo admiro mucho. ¿De qué modo vería él Criaturas celestiales? La proyección fue en video, por desgracia, pero la obra salió indemne. Después de la película tenía que comenzar un debate, pero nadie hablaba. El silencio fue prolongado y sumamente incómodo. El gesto de Andrés Rivera me dejaba perplejo: ¿la película le había parecido horrible? Alguien dijo algo y comenzó a nacer un endeble debate. Me di cuenta de que nadie sabía muy bien qué decir de la película, aunque parecían impresionados. Un hombre comenzó a hablar de lesbianismo. Repetía que el lesbianismo es innato, definitivo, irreversible, etc. Finalmente Andrés Rivera habló: dijo que el tema no era sexual, que la película mostraba una sociedad (¿o una clase social?; no recuerdo las palabras exactas) y que las chicas eran una trasgresión a sus normas de comportamiento. Esa interpretación social, me dije mentalmente, era previsible en él. Aunque yo no la había previsto. Por lo demás, no dije nada. No sabía qué decir. Y cuando se me ocurrieron dos o tres oraciones, la timidez no me dejó hablar. Una de las oraciones era que: para mí, el centro de la película es el conflicto de esas chicas con el entorno. Antes había pensado “con la realidad”, pero después me pareció mejor “con el entorno”. Salí. Bella Vista es un barrio pobre, astillado, peligroso, y yo tenía miedo. Una banda oscura de adolescentes tomaba alcohol en una vereda, al costado de la Cañada. No los miré. Subí varias cuadras y en la avenida Vélez Sarsfield –eran las once de la noche, la avenida estaba desierta– vi algo que me perturbó: una chica de unos catorce años estaba arrodillada en la vereda, del otro lado de la calzada. Le tomaba las manos a otra chica que estaba de pie frente a ella. “No te vayás”, le decía la que estaba arrodillada. La otra, que aparentemente quería irse, finalmente se arrodilló y, en esa posición, cara a cara, se quedaron conversando, totalmente solas. Después me pareció que se abrazaban. Yo pensé que eran Juliet y Pauline. La película me gustó y porque me gustó voy a tratar de destruirla. El señor de los anillos tiene la estética del efectismo. Algo de ese efectismo estaba ya en Criaturas celestiales: los contrastes impactantes, la profusión de llanto, la heroización y victimización manipuladora de las dos asesinas, el final lloroso de la ficción remachado con el final trágico de la historia real. Todo eso me gustó. La exageración, el melodrama, el ritmo galopante: todo eso me gustó. La película emociona tanto que no deja pensar, pero detrás de la emoción provocada por los espléndidos golpes de efecto está la emoción que surge de intuir que el núcleo de la obra es profundamente verdadero. (A diferencia de El señor de los anillos, que es una pavada.) No estoy hablando de una verdad fáctica concreta sino de la verdad abstracta de un símbolo. Esas chicas están a punto de entrar en el paraíso. La realidad no les deja tener lo que ansían, lo que ya casi tienen. La desesperación de ese conflicto es lo que me perturbó allá por el 98. Esas chicas eran yo. Esas chicas pueden ser cualquiera.

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