lunes, 31 de marzo de 2008

/ El factor constante /

1989-08-26/27
Una de las noches de agosto asistí a la artesanalmente organizada proyección de Constans (o El factor constante) en la Escuela de cine de la universidad. Tres días después, ante el escritorio de mi pieza, he intentado ordenar con coherencia los pensamientos que al salir de la modesta sala desperdigué sobre un papel.
Según el comentario publicado en un periódico, esta película, dirigida por Krzysztof Zanussi, se refiere a un hombre que encuentra en el alpinismo la única posibilidad de escapar a la corrupción del mundo. De ningún modo. El filme exhibe tal profundidad conceptual que parece la ejemplificación artística de un tratado de filosofía. La acción se desenvuelve en la década de los setenta, principalmente en Polonia. El personaje central, un instructor de alpinismo tímido, honesto y reflexivo, se llama Vastiki o Vasieka [Witold]. Tras un período en la milicia como paracaidista este joven logra incorporarse, aprovechando sus conocimientos de electricidad, a una empresa que realiza instalaciones técnicas en diferentes países. Pronto esa entidad se revela enferma de inmoralidad pero él mantiene distancia de los fraudes, actitud que cada vez le será más difícil sostener. Después de regresar de un viaje a la India se entera de que un tumor va arrastrando a su madre hasta la muerte. Vasieka (llamémoslo así) y una enfermera o secretaria del negligente hospital donde la anciana había estado internada, comparten la misma honestidad y se enamoran. Nuevos viajes son frustrados. Vasieka, amenazando denunciar las furtivas maniobras del jefe de la empresa, ha conseguido vacaciones que planea aprovechar en una anhelada expedición al Himalaya; sin embargo, por un incidente baladí en la aduana tales proyectos también fracasan. Paralelamente, con el fin de hallar respuestas a sus dudas, ha estado concurriendo a clases de matemática en la universidad. Al matar en forma involuntaria a un niño mientras colabora en una demolición, concluye la película.
Para reflexionar acerca del significado de la obra es imprescindible contar con la estructura argumental sobre la que se asienta; la he anotado porque sé que de lo contrario la olvidaría pronto, como en tantos casos anteriores. Este texto se debe quizá no sólo a la calidad del filme sino a la pequeña satisfacción que sentí por haberlo comprendido mejor que el año pasado, primera vez que lo vi, y también a que trabaja un problema en que mis propias dudas se ven involucradas.
El tema de la película es el albedrío frente al destino, la antigua dicotomía libertad-determinismo. Es de hacer notar que en su transcurso los personajes emplean continuamente verbos como poder, querer y deber (o tener que); además tales conceptos están implícitos en cada escena.
Destino es una palabra odiosa. Pero el sentido con que aparece en esta obra está exento de fatalismo (salvo en el caso de la misma muerte) porque no es negada la voluntad humana. Factores físicos, biológicos y también sociales (políticos, culturales, económicos) restringen, no obstante, el albedrío.
Los primeros están reflejados en la agonía de la madre y su inevitable fallecimiento. La capacidad de decisión de un niño, de un discapacitado o de un animal difiere de la de una persona adulta normal. (¿Con quién debe compararse al hombre?) Un loro encerrado dentro de un automóvil simboliza en el filme las limitaciones de la libertad.
La complejísima trama de la sociedad también va condicionando y a veces determinando la conducta de los individuos. Aunque el personaje se empecina en respetar sus principios éticos la profusa corrupción del entorno lo arrastra contra su voluntad. Paradójicamente él es castigado por la Justicia al descubrirse que intenta cruzar la frontera ocultando doscientos dólares en la manga de su campera, mientras que los inmorales continúan lucrando incólumes. Oponerse a lo ilegítimo ofrece mayores dificultades para prosperar. La madurez es tomar las cosas como vienen, aconseja un técnico de la empresa. Cuando a Vasieka le argumentan, acertadamente, que con ser un justo más no cambiará el mundo ni aumentará su felicidad, responde que actúa de tal modo porque siente que debe hacerlo. La voluntad se fija cercos a sí misma, que no son sino los preceptos de la moral. Por otra parte, en su viaje a la India el muchacho descubre que la pobreza, las tradiciones, la ignorancia, al imponer ciertas conductas, también ciñen la libertad.
Junto al albedrío, de base biológica aún escondida, se encuentra el destino. El desconocimiento de la matemática me impide entender el título de la obra, explicado por el profesor universitario cuando conversa con Vasieka sobre constantes y variables. Pienso, sin embargo, que se refiere a que el universo siendo un cosmos está estructurado de acuerdo a las leyes de esa ciencia, que ya los griegos consideraban fundamental. Entonces Vasieka infiere que el destino no es temible pues mediante un cálculo de probabilidades puede ser develado.
Pero unos dados, una máquina tragamonedas, la quiniela, un tiro al blanco, aluden a la intangible presencia del azar en el transcurso del filme. Azar no como quebranto de la causalidad sino como lo no calculado, lo aún incógnito del destino. Esto se ejemplifica cuando unos hombres casualmente hallan en el piso una moneda que en realidad ha sido arrojada por Vasieka con ese propósito desde una terraza. En la tremenda escena final, que repite a la recién mencionada, debido a una circunstancia fortuita un niño muere aplastado por un bloque de ladrillos que caía de un edificio en demolición. El niño –el ser humano– jugaba inocentemente con una pelota. Nunca pudo haber sospechado que su fin se encontraba a unos pocos momentos de distancia. Aunque un cartel lo prevenía, el no saber leer le impidió salvarse. Entonces erraba Vasieka al no juzgar temible el destino pues jamás será desterrado el azar.
Los colosales Himalayas representan la libertad. Vasieka anhela la cordillera porque lo rige el mismo afán de independencia y libertad de su padre y su abuelo, muertos en la cima. Sin embargo, antes creí que la cadena asiática simbolizaba el destino final y el deseo de que la voluntad lo dominara llevaba al muchacho y sus antepasados hacia las montañas. La inevitabilidad de la muerte aparece como insoportable. Vasieka, desesperado al comprobar que la medicina no salvará a su madre, acude a lo irracional, a una curandera y luego a una iglesia, pero debe acabar aceptando que ante la muerte todo es impotente y tras el funeral su ánimo queda destrozado.
La película ofrece una notable coherencia interna. Cada escena, cada frase tiene su sentido dentro del conjunto, nada es superfluo. Pero la necesidad de evaluar simultáneamente el desarrollo argumental, el significado y los medios técnicos (fotografía, montaje, vestuario, etcétera), sumado a un vasto desconocimiento del arte cinematográfico y a una débil memoria, hace que numerosos elementos escapen a mi consideración. En cuanto a las fotografías, de gran calidad, las de Polonia han sido trabajadas en tonos pálidos y fríos, mientras que las de la India son marrones y calurosas. Recuerdo escenas muy bellas, como cuando la querible muchacha del hospital le propone matrimonio a Vasieka, la madre asomada a la ventana, su terrible agonía, las luces de una ciudad desde una pista de aterrizaje al atardecer, y tantas otras. Los actores que personifican a la enfermera, a Vasieka y a su madre presentan labores impecables. Por supuesto, no hay situaciones forzadas o arbitrarias. La música, construida sobre dos insistidas notas, es imponente como los Himalayas.
A mi parecer, Zanussi, de quien no conozco nada hasta hoy, ha logrado en esta película crítica social, caracterización psicológica de los personajes, profundidad filosófica y belleza plástica.

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