lunes, 31 de marzo de 2008

/ El laberinto del fauno /

2007-01-29
Hoy, en el cine, vi El laberinto del fauno de Guillermo del Toro. Me gustó. Y me conmovió. (Mejor dicho, me hizo llorar.) El tema es la dictadura franquista. Hay otro tema: la mente de los chicos. Los personajes principales son tres: una chica de 13 años, llamada Ofelia, la madre de Ofelia y el padrastro de Ofelia. La madre está embarazada y muere en el parto. El padrastro es un Capitán franquista. Por otro lado, hay milicias antifranquistas. La chica lee cuentos de hadas y conversa con un fauno. La ficción aparece mezclada con la realidad, pero está claro que la narración se ubica del lado de la realidad. El resto, se entiende, es una fantasía de la chica, que sufre. El final es conmovedor. Lloré bastante. Recuerdo haber llorado pocas veces: al final de Au revoir les enfants, la primera vez que la vi; al final de Estación Central de Brasil; al final de El gran pez; en dos breves escenas de Un oso rojo. También me cayeron lágrimas en Mar adentro. ¿Y en Ponette? Eso me extraña. Los teóricos no tienen la menor idea (todavía) de cómo logra una película hacer llorar al público. Es obvio que mostrar una cara llorando no es suficiente. Hablar de algo triste, tampoco; no recuerdo un solo libro que me haya hecho llorar. En El laberinto del fauno, una parte de la causa del llanto es, digamos, un truco retórico: mostrar felicidad en la desdicha. En el momento más triste, la niña está feliz; esa antítesis me derrota. Si no recuerdo mal (pero tengo mala memoria) era ése el procedimiento en el final de El gran pez de Burton, y en Moisés Abramowicz de Borges, y en un pasaje del cuento Final del juego de Cortázar: el momento triunfal de Leticia es el más patético. Eso ocurre también cuando en un final trágico se recuerda un pasado feliz. Creo que eso estaba en una escena de Miss Mary de Bemberg. Me acuerdo de otra película conmovedora: La tumba de las luciérnagas de Takahata. La niña ha muerto y se escucha su risa. En cierto modo, ese recurso también está en el final de Howl’s moving castle de Miyazaki: el final es feliz, pero –luego de complejas reflexiones– entendemos que por detrás de lo que vemos la realidad es triste. Me parece que el argumento más complejo de Miyazaki, en lo simbólico, es el de Howl’s moving castle. La película El laberinto del fauno, creo, no es tan admirable como dice la crítica. Pero el final produce un efecto curioso: es tan conmovedor, y “cierra” tan bien, que bloquea toda posibilidad de análisis. Ahora, que no estoy llorando, puedo intentar una crítica. El personaje del Capitán, padrastro de Ofelia, no me gusta mucho; es un malo absoluto, y eso le quita interés. La actuación es robertdeniresca. La chica es un hallazgo: una actriz excelente en un papel que no está mal. (El personaje de la niña santa, en la película de Martel, era deficiente.) En general, la película es un poco escenográfica y fría, excepto el final y varios momentos emocionantes. El monstruo con ojos en las manos me parece una invención maravillosa, difícil de olvidar. Me desconcierta el género: denuncia política mezclada con fantasía al estilo Peter Jackson o Crónicas de Narnia: mucha industria y efectos especiales. Creo que en algo se parece a Io non ho paura de Gabriele Salvatores: ahí era una historia policial como se la representaba un chico de diez años; acá es una historia trágica como se la representa una chica de trece años. En eso se parece también a Mi vecino Totoro: las fantasías infantiles aparecen mezcladas con la realidad, porque el adulto supone que así (más o menos) ven la realidad los chicos. El caso de Ofelia, sin la colaboración o indulgencia del espectador, sería patológico: más cercano a la follie de las heavenly creatures que a una chica común y silvestre. Su fantasía, digamos, es demasiado compleja y vívida… A la antítesis de la dicha y la desdicha simultáneas la he vivido también fuera del arte: mirando fotos de x3. Y en la memoria: x4 y yo jugábamos, x5 y yo jugábamos.

No hay comentarios: