lunes, 31 de marzo de 2008

/ El ladrón de niños / El niño carnicero /

1999-09-19
El ladrón de niños de Gianni Amelio no será una película genial pero sí muy buena. Prefiere no rebelarse contra los viejos padres neorrealistas. Recuerdo la primera imagen de Rosetta en el tren: lenta, demasiado adulta, magnífica. La estructura y el ritmo de la obra son impecables; otro acierto es el sonido: automóviles, silencio, automóviles, trenes, silencio... Hay varias semejanzas entre El ladrón de niños y Estación Central de Brasil. Ésta es mucho más populosa, pero las dos prefieren ese lenguaje que se suele llamar realista, eludiendo tanto el expresionismo trágico de Bergman como el esteticismo intelectual de Greenaway o el kitsch mentiroso de las comedias musicales de Hollywood. En las dos los chicos son víctimas, y no sólo importa el retrato de ellos sino también el retrato del no elegido entorno. Y en las dos patéticamente se adivina el futuro de esos chicos.


El niño carnicero de Neil Jordan (estúpidamente traducida como La inocencia perdida) es una película ácida. Logra que el espectador aborrezca al niño protagonista, que es una pobre víctima. Pero también es una basura, un error que no tendría que haber sido. Lo violento está en que la película parece hecha con el mismo resentimiento sarcástico del niño; como si ese chico odiado, desalmado y rencoroso fuera el autor de la película, que parece una jactancia cínica.
Me gustaría pasar mi vida acostado mirando películas, escuchando música, leyendo y alguna vez mirando pinturas. Me gustaría ser un eterno espectador (eterno hasta la hora somnolienta). Imaginar y recordar son otros modos de ser espectador. (…)

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