lunes, 31 de marzo de 2008

/ Fucking Åmål / Lilja 4-ever /

2008-02-26
Dos y media de la mañana. Dentro de cuatro horas me tengo que levantar (…). No importa. Qué importa el tiempo sucesivo… Hoy a la siesta vi Fucking Åmål. Por tercera vez. Y a la noche, ahora, Lilja 4-ever. Estaba deseando verla de nuevo todo el tiempo. Y Fucking Åmål… no sé. La busqué durante años. El mercado blanco y el mercado negro no la conocen. En Internet, finalmente, descubrí los archivos torrent. Bajar las dos películas me llevó entre una y dos semanas de conexión. Seguramente la factura va a ser la más cara desde aquel terrible 2001 en que me conecté a la red. Pero esas dos películas valen el dinero, la ansiedad, la espera…
Fucking Åmål… Según mis notas y mi memoria, la vi dos veces en el Teatro Córdoba, allá por el 2001. El diario, si recuerdo bien, la consideraba apenas “buena”. ¿Por qué esa película coincide tanto conmigo y no con otros? Eso refuerza mi convicción de que es inútil fundamentar un juicio de valor en arte. Toda valoración es relacional, y una fundamentación es una mera hipótesis explicativa de algo cuyo mecanismo en realidad no conocemos. ¿Por qué Fucking Åmål es una de las películas que más quiero de todas las que he visto en mi vida? Lo que puedo hacer es descomponer la valoración total en valoraciones parciales: el retrato de cada personaje es excelente, cada actuación es excelente, los detalles son excelentes (las mentiras, por ejemplo), la comprensión de cada personaje es conmovedora (me refiero a que Moodysson los comprende), el retrato general de la adolescencia es excelente, la escena del intento de suicidio es antológica, la escena del beso en el auto es conmovedora, la escena en que Elin sueña con Agnes y los rostros se tocan… Y la fiesta sin amigos, y el buenazo padre de Agnes, y la escena del baño rojo, donde hay que tomar la decisión… En realidad, lo único que me molesta (pero no demasiado) es la escena posterior: cuando salen del baño. El final, con el monólogo del chocolate, es tan insólito como eficaz. La música es irreprochable. ¿Qué otra música podía funcionar con adolescentes de los noventa? ¿Beethoven? ¿Duke Ellington?
Lilja 4-ever… Voy a intentar un análisis. Lilja 4-ever es una tragedia. La chica está condenada. No por el sadismo gratuito de algún dios aburrido, sino por un entorno aciago. O el dios condenador adoptó una forma tan compleja que es irreconocible: Rusia post-soviética, desesperados, tratantes de blancas… Y los chicos tratan de sobrevivir. A grandes rasgos, Fucking Åmål es un retrato de la adolescencia pero con final feliz. En Lilja 4-ever la adolescencia es otra: astillada, al borde de la cornisa. Sin final feliz, ni comienzo feliz, ni nada feliz. Se podría objetar que no es creíble tanta desdicha. Sin embargo, lo más fuerte en la película es la convicción de verdad que contagia. Y no solamente por los recursos “formales”. Ya sabemos de antemano que esa historia no es inverosímil. Yo, por lo menos, lo sé. (…) Siento que esa película está muy cerca de mí. Esa película me está diciendo la verdad. Una verdad horrible. (...) Lilja 4-ever, sin embargo, es una película. Yo agregaría: una película excelente. Es la mejor que he visto desde El hombre del bosque. Quizá no tiene la riqueza de inventiva de Fucking Åmål, pero no es tan simple como yo creía. El trabajo de preparación gradual de los acontecimientos futuros es admirable. También lo que hay detrás del título. Y esa pareja, Lilja-Volodja, es terrible. Excelente y terrible. Hay algo que no cierra: los ángeles. Por un lado, ¿no era mejor que tuvieran alas de ave, con movimientos grandes y creíbles, en lugar de alitas de muñeco? Pero lo principal es otra cosa: ¿por qué aparece Volodja como ángel? Lilja no lo puede estar soñando, puesto que ella no sabe que él ha muerto. Y en una película tan desoladoramente realista no funciona como hecho fantástico. Eso es lo único que yo objetaría. Pero la película es tan buena que puede soportarlo. Un acierto más: la chica, encerrada en el departamento, logra huir. Desde la calle mira el cielo: un ave planea, viejo símbolo de la libertad. Lilja cree que se ha liberado, pero no tiene adónde ir. Aunque nada le impida correr, todas las puertas están cerradas. Una partida de ajedrez puede estar perdida mucho antes del jaque mate. Y una cosa más: igual que en El laberinto del fauno y otras, acá el final da ganas de llorar por la antítesis desdicha-felicidad. (04:17 hs)

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