lunes, 31 de marzo de 2008

/ Harriet la espía /

2004-07-01
Hoy encontré un viejo papelito mío con anotaciones terribles: una lista de mis problemas, tirada en el living. Hace un tiempo vi por televisión la película Harriet the spy. No tenía ninguna voluntad artística, pero me gustó. Quería ser lo que era: una película para divertir a los chicos. Harriet, la espía, tenía once años y quería ser escritora. Espiaba a los demás y anotaba lo que veía. Hasta que los demás descubrieron sus notas. Eso fue terrible. Las escenas siguientes fueron crueles, por más que la película era cómica: los chicos se vengaban de Harriet y Harriet se vengaba de ellos. Todo eso me aterró. Sobre todo no puedo olvidarme del momento en que leen su diario: Harriet se justifica argumentando que eso es la verdad, pero no le sirve de nada. Porque lo terrible es la verdad. La película termina con un extraño mensaje moralista: es bueno no decir toda la verdad. Y yo me pregunto: ¿por qué mi aversión al misterio? Desde la adolescencia quiero evitar los ocultamientos, las excusas, las estilizaciones. Pero la idea central permanece: la verdad es terrible. Es eso lo que descubre Harriet. Si cada uno conociera a cada instante lo que piensan de uno los demás (qué frase horrible), aumentaría la estadística de suicidios. Por ejemplo: los viejos. O los cargosos. (…)

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