lunes, 31 de marzo de 2008

/ Hombre mirando al sudeste /

1992-04-17
En general, la película Hombre mirando al sudeste es Borges rebajado a moralina. Su seguramente sincero aunque excesivo sermón reduce los infinitos factores causales de las muchas formas del sufrimiento a “la estupidez humana”.
Hay imágenes admirables. Recuerdo una –tan borgeana– en que dos hombres juegan al ajedrez en una mesa de bar; el piso es ajedrezado; en otra mesa Rantés y el psiquiatra charlan o discuten…
Un cuadro posterior muestra, al fondo, al psiquiatra y la Santa haciendo el amor sobre la alfombra; en primer plano, a la derecha, hay un incesante reloj inquietando al espectador. (Esta imagen recuerda a otra –mucho más extraña y poética– del filme Henry and June: al fondo hay unos amantes entrelazados; en primero plano, a la derecha, unos intranquilos peces rojos nadan dentro de una pecera ovalada, en la que se reflejan, deformados, los cuerpos desnudos.)
También está perfectamente resuelta la breve imagen de Rantés arrastrado en la cruz que forman los brazos del doctor y seguido fielmente por un manojo de locos. (La sugerente idea de un hombre que repite el destino de Cristo fue desarrollada, después de Subiela, por Denis Arcand en Jesús de Montreal y, antes, por el mismo Borges en El evangelio según Marcos.)
La famosa escena en que Rantés dirige el Himno a la alegría es cinematográficamente magnífica; pero, como todo el filme, incurre en un maniqueísmo simplista que recuerda a las canciones del rock genuino. Además la vieja metáfora de los locos parece poco eficaz: es inevitable pensar que la “locura” no es sino un conjunto de trastornos reales y en su mayoría indudablemente indeseables.
La rota fotografía final en que aparecen Rantés y la Santa como posibles hijos de un padre desconocido es en sí misma muy atractiva. Pero estructuralmente la película es un poco confusa e inconvincente. Y a esto último contribuyen los actores –en menor medida Lorenzo Quinteros– que parecen recitar sus partes (aunque manteniéndose lejos, sin duda, del nivel de sobreactuación tradicional en el cine argentino).

No hay comentarios: