lunes, 31 de marzo de 2008

/ King Kong / El hombre araña /

2006-01-31
(…) En general, King Kong me gustó mucho. Para mí está claro que Peter Jackson es talentoso. Ingmar Bergman era talentoso, también, pero no es muy razonable colocarlos dentro de una misma clase. Yo diría que las películas de Bergman caben sin problemas dentro de una noción tradicional de ‘arte’ en la que también entran Kafka, Rodin o Brahms. En esa clase no entra Peter Jackson, así como tampoco entra Miyazaki Hayao. Pero sospecho que deben entrar en otra clase de ‘arte’. Más allá de eso (que en el fondo es un problema clasificatorio), lo cierto es que la película me pareció sumamente original y, además, inteligente. Quizá para un espectador distraído King Kong se puede meter en la bolsa de las superproducciones del cine comercial de entretenimiento, junto con El hombre araña y similares. A mí me parece un error, como igualar a Miyazaki con los productos de la industria Disney. Un par de razones, a modo de ejemplo: Argumentalmente, El hombre araña es una película boba: la lucha de un bueno contra un malo. Peor aún: yo siento que a mí me están tomando por bobo. Sin embargo, ese problema (que perjudica también a El señor de los anillos) no es el peor. La película es poco creativa, los diálogos son poco creativos, los personajes son poco creativos, la fotografía es poco creativa, las actuaciones son poco creativas (por no decir malas: principalmente la del hombre-araña y la de su chica). Aparte de eso, que por sí solo bastaría para sepultar a una película, en la conclusión está lo peor: el hombre araña, con solemnidad, declara: “Un gran poder implica una gran responsabilidad.” Atrás está la bandera estadounidense. Y la película termina. En el aire queda la metáfora: Estados Unidos es el superhéroe que tiene que luchar contra el Mal para defender al mundo, pero sin olvidar que “un gran poder implica una gran responsabilidad”. Con esa ideología la película se vuelve moralmente nefasta. ¿Y King Kong? Para empezar, no incurre en la puerilidad de dividir a los personajes en buenos y malos. Por otro lado, todo en la película es creativo. Y además, inteligente. Es difícil decir a qué genero pertenece King Kong. Es una comedia, es una película de aventuras, es cine bizarro, es cine sobre el cine, es una historia de amor, e incluso contiene pasajes reflexivos, como el comienzo. Gran parte de King Kong es una cita deliberada y feliz del peor cine de clase B: películas de monstruos, de muertos vivos, de pesadillas inverosímiles con presupuesto mínimo. E incluso –y esto es una prueba del talento de Jackson– King Kong acepta y exagera hasta la hipérbole los errores de esas películas. Por ejemplo, la falta de continuidad: los aborígenes atroces de pronto son una multitud incalculable y poco después desaparecen definitivamente de la película. Y con esos recursos tan heterogéneos logra conmover: a mi alrededor, en el cine, yo escuchaba el llanto. (Y a mí también se me cayeron lágrimas.)
Ahora bien, lo que me interesaba era el comienzo. Después de unas imágenes de monos y otros animales, llegan imágenes de animales humanos: estadounidenses de los años 30. Las imágenes son de dos clases. Por un lado, escenarios: bailarines, bailarinas, espectáculos. Por otro lado, la calle: trabajadores, pobreza, policías. Durante un rato, mientras se oye una canción, esas dos clases de imágenes se alternan, hasta que la canción acaba y comienza la historia. Pero comienza en uno de esos espectáculos: la protagonista es bailarina, etc.
Esa introducción me parece notable. Es más que un mero recurso para ambientar la acción en una circunstancia histórica. Lo que hace Jackson con esas imágenes es contraponer el mundo de la diversión y el entretenimiento al otro mundo: la realidad, que suele ser no grata. Pero lo hace para ubicar la historia de King Kong en uno de esos ámbitos opuestos: en el de la diversión. Es brillante incluso la idea de no mostrar cualquier espectáculo de entretenimiento sino justamente el espectáculo en que a duras penas se gana la vida la protagonista. Es como si Jackson dijera dos cosas: “Lo que van a ver es una distracción para pasar un rato agradable” y, por otro lado, “No soy un ingenuo: hay otra realidad.” Y eso, para mí, es una muestra de honestidad. Exactamente lo opuesto de El hombre araña.
Hay otras virtudes en King Kong (la eficacia hipnótica de algunos pasajes, el comentario “Él destruye todo lo que aprecia”, que tiene algo de Oscar Wilde y que se refiere a Denham pero que simbólicamente se puede generalizar), pero lo que me interesaba era la introducción, que contrapone la representación de la realidad prosaica a la representación del espectáculo divertido. (…)

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