lunes, 31 de marzo de 2008

/ La niña santa /

2004-06-12
Hoy, en la misma sala donde vi El viaje de Chihiro con Prima, Secunda y Tertia, vi La niña santa de Lucrecia Martel. Probablemente La ciénaga es mejor, pero las mejores son las dos. Algunas ideas que se me ocurrieron: El título es engañoso. El tema no es la niña santa. Esa adolescente no es ni siquiera el personaje principal de la película. Lo principal es lo que la rodea. Toda la trama de relaciones que la rodea. Y que la incluye. El tratamiento de la película es sinfónico: no hay una línea más importante que las otras, todas van creciendo a la vez y van tejiendo la trama. Y eso es lo que más me gusta de la película. Porque la realidad se comporta de ese modo. En eso, la película es un símbolo de toda la realidad, de toda la complejidad. Por otro lado, el personaje que más me cautivó fue el doctor Jano. Ese hombre reprimido, mediocre, lamentable, para mí es un símbolo de la década del setenta. Su aspecto, con esos anteojos, esa ropa y esa personalidad, parece de 1970. Por otro lado, he leído que Lucrecia Martel usó recuerdos de su propia adolescencia. Y al doctor Jano lo vinculo con aquel esposo mediocre y reprimido que se masturbaba ante revistas porno en Till sammans, Todos juntos, aquella querible película menor de Lukas Moodysson. Y lo vinculo con mi infancia: peinado con raya al medio = signo de maricas, etc. Y lo vinculo con Porcel y Olmedo. El doctor Jano es patético. Pero que ese reprimido patético aparezca entremezclado con el cristianismo no es casual. Sugiere una relación causal que yo comparto: esa represión lastimosa era el efecto de dos milenios de cruz. En este segundo sentido, la película es un símbolo de la década del setenta. Y por extensión, de los efectos nocivos del cristianismo. Por otro lado, la película es un retrato doble: lo que se ve y lo que no se ve, o, en términos auditivos, lo que se dice y lo que no se dice. En este sentido, la relación entre los problemas auditivos, el congreso de otorrinolaringología y los sonidos de la película es magistral. En esto yo vinculo a La niña santa con Secrets and lies de Mike Leigh, que para mí era el reverso de El abanico de Lady Windermere de Wilde. Y también se la puede vincular con otro silencio: el de Dios. O sea, con El silencio de Bergman. Salvo que La niña santa es la denuncia de lo grotesco y patético de aquella Voz en la que ingenuamente Bergman –otra víctima de la religión– aún quería creer. En este tercer sentido, la película es un retrato y un símbolo del proceso de decir y callar y de las consecuencias que genera. La película, por supuesto, es imperceptiblemente atroz. Pertenece al género del horror psicológico y sociológico. Como La ciénaga. Una diferencia entre las dos películas es el ritmo emocional: La ciénaga es un leve espanto continuo, en cambio La niña santa crece desde la trivialidad al espanto. El final del congreso es de pesadilla. Y la escena siguiente, que es la última, –las dos amigas en la pileta–, es menos emocionante pero no es menos atroz: la supuesta amiga íntima, y casi hermana, le va a contar la verdad a la niña santa, pero calla. Horrible. Desde la adolescencia mi vida ha sido el perturbado intento de poner a plena luz lo que escondía, lo que me torturaba. Y eran tonterías sexuales: que me masturbaba, que alguna vez pensaba en varones, que deseaba. La humanidad, poco a poco, también, se va aligerando de esos tormentos patéticos.

Nota posterior sobre La niña santa (2008-07-20)

No hay comentarios: