lunes, 31 de marzo de 2008

/ Metrópolis /

1991-09-19/20
Ante este primitivo ejemplo de cine “comprometido” a uno le queda conjeturar cuán valioso debe haber sido considerado allá por los años veinte o treinta. Hoy no es mucho más que un documento histórico.
Un argumento inconvincente es utilizado para efectuar un planteo conceptual simplista (que recuerda ciertas distorsiones propias del marxismo –por más que el apretón de manos de la última escena no sea exactamente marxista…) mediante un expresionismo tan excesivo que llega a veces a ser grotesco.
La película, pese a sus debilidades argumentales, a su maniqueísmo, a algunas actuaciones caricaturescas, pese a que es tan profunda como una canción de rock, tiene elementos que hoy siguen siendo atractivos: algunas fotografías, la cámara móvil en ciertas escenas, las matizaciones de las imágenes en blanco y negro, e incluso los decorados y los efectos especiales (con simpáticos biplanos sobrevolando las calles de la ciudad futura…). Tal vez lo mejor del filme sea el inquietante rostro del robot, con su mirada de filo de navaja (tan distinto a las muecas de la falsa María).
En cuanto a la música de Giorgio Moroder, probablemente no conviene que no haya silencios en ningún momento. Tampoco parecen necesarias las canciones (a veces la película se transforma en un videoclip). Pero lo valioso es que la música por sí misma no vale nada: generalmente cumple con su función de acentuar el carácter de las imágenes (por ejemplo mediante crescendos, silencios bruscos o sonidos intensos inesperados) o de unificar situaciones diferenciándolas de otras.
El final de la película no sólo no alcanza a satisfacer sino que resulta bastante irritante: “Debe haber un mediador –el corazón– entre la mano y la mente”…

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