lunes, 31 de marzo de 2008

/ Mononoke hime / Mimi wo sumaseba /

2005-04-08
(…) Y ahora sólo teoría y animé. En Mononoke hime no es poco lo excelente: el dios que se convierte en demonio, Okkoto ciego, cuando cree que sus guerreros vuelven de la muerte, las pisadas del espíritu del bosque, que hacen germinar y morir. Pero otras cosas me dejan disconforme: los animales-dioses que mueven la boca para hablar, el tono solemne, la moraleja demasiado explícita. La película más ambiciosa de Miyazaki no es la que más me gusta. Me parece que la mejor es Kiki’s delivery service. Junto con El viaje de Chihiro. Y con Nausicaa y LaputaNaushika es imperfecta pero conmovedora. En todas brillan las ideas felices. Y he visto dos más: La tumba de las luciérnagas, que me ha dejado una amargura en el pecho, y Mimi wo sumaseba, que me llenó de una especie de tristeza dulce, porque Shizuku tiene una esperanza y yo me preguntaba “¿para qué?” Yoshifumi Kondo logró cazar y mostrar esa mariposa viva, el anhelo de una chica. A los trece o catorce años Shizuku quiere ser escritora y eso es un calor en el pecho y un temor y una promesa. ¿Promesa de qué? Es la esperanza del ingenuo: yo también, de chico, creía que la vida podía ser maravillosa. Ahora no creo en mucho más que en una busca absurda de equilibrio fisiológico hasta la desintegración. Shizuku no me oye. Que no me oiga.

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