lunes, 31 de marzo de 2008

/ Sin aliento /

2006-06-17
Acabo de ver Sin aliento (A bout de souffle) de Godard. Una vez más, Godard no es para mí. Algunos predicados que lo describen: caprichoso, frívolo, fatuo, soporífero, pesado. En cierto momento se me caían los párpados. La hermosura de Jean Seberg me permitió llegar hasta el final. Si a la salida me preguntaban “¿Te gustó?”, yo tenía que responder: “Ella, sí; la película, no.” ¿Por qué lo idolatran? ¿Porque en la sarta de frivolidades, cada tanto, aparecen los nombres “Faulkner”, “Mozart”, “Brahms”, “Renoir”, “Picasso”? ¿Porque, cada tanto, hay pensamientos ingeniosísimos como “¿Qué es lo que usted ambiciona?” “Ser inmortal. Y, después, morir.”? Debo tener muy mal gusto. Algunos dibujitos animados me parecen superiores a los sopores de Godard. (Kiki’s delivery service, por ejemplo.) Muy pocas veces he tenido que huir del cine antes de concluida la película: tres o cuatro veces en toda mi vida. Me sucedió con Pierrot le fou: creo que no soporté más de media hora. Por supuesto, si yo digo que Godard es soporífero, eso no significa otra cosa que “Godard me da sopor a mí.” Sé que a otros (que lo idolatran) les provoca euforia. Eso está bien. Yo prefiero olvidarme de Godard.

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