lunes, 31 de marzo de 2008

/ Solo contra todos /

2000-04-21
Anoche vi Solo contra todos, opera prima de Gaspar Noé. El protagonista es un carnicero agrio, torpe, violento, xenófobo, nihilista y violador de su propia hija retardada. El mayor acierto de la película es la forma en que usa la vieja técnica del monólogo interior: continuamente escuchamos el pensamiento del carnicero. Eso nos permite conocerlo desde dentro: podemos estar en él, podemos adivinar la cárcel en que vive, que no es la nuestra. Ese hombre abominable tiene sus motivos, como nosotros. Es una marioneta de las causas. Le ha tocado nacer en determinado lugar y determinada fecha, le ha tocado perder a los padres, le ha tocado no ser culto, le ha tocado ser pobre, le ha tocado sufrir afán sexual, le ha tocado querer vivir a toda costa –“la supervivencia es una ley genética”, dice Noé–, pero, sobre todo, le ha tocado una forma de pensar que no tiene arreglo. Yo no elijo mi forma de sentir o de pensar. Si soy un apático no puedo convertirme dentro de una hora en un efusivo; si soy un torpe, mi voluntad no me puede convertir en un inteligente. Todos somos el carnicero de Noé.

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