lunes, 31 de marzo de 2008

/ The woodsman /

2005-09-05
Hace cuatro días, en el cine, vi The woodsman (El hombre del bosque) de Nicole Kassell. Hoy la vi por segunda vez. Me ha parecido una obra mayor con disfraz de película convencional. Flaubert buscaba le mot juste. En The woodsman no hay nada que no sea justo: cada escena, cada palabra, cada movimiento de cámara, cada gesto, los sonidos. Incluso la música, desconcertante. Confieso que, hace cuatro días, el comienzo de la película me pareció muy poco prometedor. Sobre todo por la música: insípida, convencional, como de “telefilme”. Hoy me he dado cuenta de que la música forma parte del retrato de ese mundo gris y mediocre en el que Walter sobrevive. Una música exquisita no sería coherente con esa maderera, con ese barrio bajo, con los partidos televisados. Jamás escuché hablar de Kassell, pero esta película revela virtuosismo. Salvo que sin ostentación, lo cual me maravilla. El retrato de Walter es perfecto. Crea la convicción de que así ha de ser la realidad. No sólo evita demonizar a este acosador de niñas, lo cual ya sería meritorio, sino que además no lo embellece (no miente a favor de él): al final el hombre intenta engañar a la pobre Robin para aprovecharse de ella. Y ahí está, creo, lo principal de la película: en ese hombre hay algo que supera su voluntad, hay una realidad que él mismo no domina y que nadie logra entender, ni él ni los otros. Y esa oscura realidad invisible, que se entremezcla con la cotidianidad más prosaica, es lo que esta película logra representar. Así es la realidad. Walter, Robin, todos, viven por encima, sin ver ese trasfondo. Y con respecto a lo demás: todos los papeles están actuados de modo notable, en particular el policía negro, la lesbiana y Robin; pero la actuación de Kevin Bacon es una obra maestra. Lo único que no acaba de convencerme, en The woodsman, es el título. Por un lado está bien, ya que no es difícil entender al lobo de Caperucita roja como eufemismo para “violador de niños”. Pero el “hombre del bosque” es el hachero que parte en dos al lobo y saca a la niña sin lastimarla. “El hombre del bosque no existe”, le dice a Walter el policía negro. ¿Qué significa eso? Lo entiendo de esta manera: la niña, una vez “devorada” (abusada)… no… El título está perfecto. Incluso el color del abrigo y la pelota: rojo. Termino la oración: la niña, una vez devorada, no puede ser devuelta a la vida sin un rasguño: nadie lo puede lograr; el hombre del bosque (el salvador) no existe. O sea, toda niña abusada sufre. Mi confusión provenía de que, al principio, yo supuse que Walter era el hombre del bosque. (En cierto modo lo es, o quiere serlo.) La segunda escena del parque –cuando Robin llora– es magnífica y terrible, pero también lo es la siguiente. Cuando Walter golpea con desesperación al otro abusador, en realidad se está golpeando a sí mismo, porque el otro es él: es esa cosa horrible que él no quiere ser pero no puede no ser. La escena es una metáfora genial y pavorosa del conflicto de Walter.
En síntesis (y estoy omitiendo méritos), The woodsman es una obra maestra camuflada de película convencional y prosaica.

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