viernes, 4 de abril de 2008

/ Otra mujer /

2008-04-04
He tenido una experiencia muy agradable. He visto Another woman, de Woody Allen. La había visto hace dos décadas, quizá por única vez. Ayer compré ocho discos de DVD con diez películas, entre las cuales había seis que yo quería volver a ver: Cuando huye el día, La fuente de la doncella, Another woman, Crimes and misdemeanors, Interiores y Un oso rojo. Estoy recuperando mi pasado. (Busqué también a Kosintsev, Polaco, Greenaway, Zanussi y Louis Malle; parece que ninguno de ellos existe hoy en el mercado cordobés de DVD.)
Another woman es una película seria. Las líneas principales de la película parecen tomadas de algún temible libro de autoayuda: “Reflexiona sobre tu vida. ¿No has sido frío, altanero y egoísta? ¿Tu felicidad no es una máscara? Abre tu corazón a los demás. Deja fluir tus sentimientos; no los coartes.” Con esos temas, un director mediano habría perpetrado un engendro abominable. Woody Allen, en cambio, hizo una obra que ha perdurado y que seguirá perdurando. Es seria pero no cae nunca en la solemnidad tediosa o en la pedantería. Al contrario: la historia de Marion Post es muy creíble y, por momentos, conmovedora. Yo diría que, en parte, es un conflicto de valoración: por algunos motivos (éxito profesional, dinero, inteligencia) Marion es valorada; por otros motivos (frialdad emocional, arrogancia, cobardía, cierta falsedad), no es valorada. Ella se ha aferrado a lo primero y ha negado lo segundo. Ahora cumple 50 y, al hacer un balance de todo lo vivido, entiende que lo primero es menos importante que lo segundo. Y decide cambiar. Todo parece brotado de una consulta al psicólogo. En realidad, la película está contada por Marion; es como si toda la película fuera lo que Marion le cuenta a un psicólogo. Nosotros, el público, somos el psicólogo de Marion. Hay otra posibilidad: nosotros nos enteramos de las intimidades de Marion de la misma forma en que Marion se entera de las intimidades de la embarazada: como si oyéramos a través de la pared. Y así como Marion cambia por lo que oye de la embarazada, podemos cambiar nosotros por lo que oímos de Marion. Esa simetría, pero con un tema diferente, aparecía en Greenaway: los personajes de The cook, the thief, his wife and her lover, en un banquete, son espectadores de un banquete de Franz Hals; pero nosotros estamos mirando el banquete de Greenaway: o sea, si A = nosotros, B = personajes de Greenaway y C = personajes de Hals, entonces la relación entre A y B es equivalente a la relación entre B y C. En la película de Woody Allen, si A = nosotros, B = Marion y C = embarazada, entonces la relación entre A y B es equivalente a la relación entre B y C. Ese recurso es un indicio de la lucidez de Woody Allen. Por otro lado, en la película abundan las referencias cultas: Heidegger, Klimt, Rilke, Mahler, Bach, Satie. Eso funciona como parte del retrato de Marion y su entorno pero también, supongo, como parte del retrato del espectador, ya que la película, de un modo u otro, elige hablar a un público que valora ese mundo, o sea, un público más o menos parecido a Marion y su entorno. Es como si esos nombres evocaran un sistema de valores que Woody, sutilmente, cuestiona. Algún espectador podrá sentirse autodecepcionado, como Marion.

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