sábado, 17 de mayo de 2008

/ Interiores /

2008-05-17
Vi Interiores por segunda vez, después de veinte años. No recordaba casi nada: solamente el mar encrespado y la escena final, con las tres hermanas de perfil, mirándolo por los ventanales. Y algo más: la idea de que era una película bergmaniana. Eso era todo lo que mi memoria conservaba. Aquella vez, me acuerdo, la había visto en un televisor blanco y negro de 29 pulgadas, a válvula; tardaba más de medio minuto en encender. Ahora la vi en el monitor color de 17 pulgadas de mi computadora. Esos detalles, creo, no son triviales. Ahora, por ejemplo, vi las imágenes en el formato original (en televisión toda película era mutilada hasta la ratio 3:4). Y las pude ver en color… Bueno, en general, Interiores me pareció una pequeña obra maestra. (Esta opinión se fue armando hacia el final.) El tema es psicológico: frustraciones, ambiciones, dolores, rivalidades, esperanzas. Yo diría que Interiores es un retrato familiar. Los personajes son ocho: tres hermanas, el padre, la madre, la amante del padre, el esposo de una hermana y el amante de otra hermana. Los personajes principales son las tres hermanas, pero el centro de gravitación de toda la obra es la madre. El retrato de los personajes y de sus interrelaciones es magistral. La fea y vulgar amante que el padre de las hermanas trae de Grecia, Pearl, es una de las ideas más felices de toda la película. Y es la que desata la tragedia. Porque Interiores es deliberadamente una tragedia. (Algo muy sugestivo en la obra completa de Woody Allen es la fluctuación entre la comedia y la tragedia.) Todo comienza con un frívolo problema de jarrones. Poco a poco Woody va tejiendo la trama de interrelaciones, que se va volviendo densa y tensa, hasta que, en una admirable escena teatral, Joey, una de las hermanas, habla con la madre, que no se sabe si es real o es un fantasma shakesperiano. Y después la madre va hacia el mar… La conclusión, excelente, es lo único de Bergman en toda la película. El resto es puro Woody Allen, por más que a la luz de las películas posteriores, su voz parezca extraña. En general se trata de una película muy seria, por momentos casi tiesa, pero eso no es incoherente con el carácter de los hechos retratados. En particular, creo que una decisión admirable fue la de adoptar un estilo de pintura neoclásica para retratar a la fría, manipuladora y exquisita madre. (Sobre todo en la escena del gas.) También el colorido es admirable: refinados grises y ocres para toda la película, con algún ominoso negro cada tanto. Hasta que llega Pearl: roja, fuerte, elemental. Y el sonido: silencio. No hay música incidental, ni siquiera en los créditos. Un silencio desolador. Los únicos chispazos de humor alleniano están en Pearl, que ya “enterró” dos maridos y que dice: “Vivirás hasta los cien años si dejas de hacer todo lo que te hace desearlo.”

Nota anterior sobre Interiores (1989-08-06)

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