jueves, 3 de julio de 2008

/ Las edades de Lulú /

2008-06-20
Acabo de ver Las edades de Lulú en mi computadora. Me sucedió una cosa inesperada: la película me aburrió. Hay sexo de punta a punta: y me aburrió. Sin embargo, la he visto en una circunstancia especial: hace unos días terminé de leer la novela de Almudena Grandes. Es inevitable comparar. La novela me gustó. No como gran obra de arte literaria sino como novela porno-erótica. Tiene un estilo desmañado, casi torpe (con anfibologías, por ejemplo), pero el lenguaje sorprende y la organización de la temporalidad es ingeniosa. Y lo que más me gustó: el realismo. La novela es muy creíble, cada situación es muy creíble, y Lulú, sobre todo, es muy creíble. Creo que ese carácter realista justifica las torpezas verbales: si el lenguaje fuera más exquisito sería menos creíble en boca de Lulú. Algunas descripciones son tan vívidas e inesperadas que parecen provenir de la memoria, no de la fantasía. Y el hecho de que el punto de vista sea femenino –tanto en la ficción (Lulú) como en la realidad (Grandes)– me resultó atrapante. Ese carácter de cosa creíble no aparece en un solo tramo de la película. A esta Lulú cinematográfica no me la creo. (Por ejemplo, sonríe demasiado.) Y a los demás tampoco. (Por ejemplo, es demasiado visible que el travesti es una mujer.) Pero lo más decepcionante es el final. En la novela es inesperado y ominoso. (Pablo queda en una semisombra tan perversa como cautivante.) En la película, en cambio, la inacción de Pablo no se entiende. Y aparecen de golpe los créditos, con una canción rockera que es un desacierto sonoro. Desde luego, si no hubiera leído el libro, opinaría diferente.

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