domingo, 15 de julio de 2012

/ La mujer sin cabeza /


2008-09-20
Vi La mujer sin cabeza. Estaba ansioso por verla. (En el cine la empezaron a dar hace dos días, pero anteayer y ayer no pude ir.) Llegué tarde: entré a la sala cuando la mujer acababa de chocar al perro. Cuando la película terminó quedé desconcertado. Un rato más tarde me sentía maravillado. Pensé en Leonera, que había visto unos días antes. Nuevamente discrepo con los críticos (y con la mayoría del público formado por los que no son críticos). Leonera ha recibido elogios permanentes; La mujer sin cabeza, en cambio, fue recibida “con frialdad” e incluso con abucheos. A mí me parece que juegan dos juegos diferentes. Es como comparar a un tipo que juega bien a la pelota con otro que juega bien al ajedrez.  En comparación con otros que juegan a la pelota, Leonera es una buena película; pero La mujer sin cabeza juega al ajedrez, no a la pelota. Según lo que importa en una película como La mujer sin cabeza, Leonera es una creación pobre, muy pobre. El mérito de Leonera, además del hecho de estar correctamente filmada, es mostrar algo que nunca nadie había mostrado: la vida de las mujeres encarceladas con sus hijitos encarcelados. Sin embargo, en el desarrollo de ese tema, Leonera revela una chatura que los demás no ven porque la película está sola en su género. O sea, si hubiera otras películas que mostraran la vida de mujeres encarceladas con hijitos encarcelados, estoy seguro de que Leonera quedaría en un segundo plano, o tercero. ¿Y La mujer sin cabeza? Lo primero que veo es que se trata de una obra sumamente original; hay creatividad en el tema, en las situaciones, en los diálogos, en cada fotografía. Todo es creativo. Supongo que no me equivoco si adjudico esa creatividad a Lucrecia Martel. Por otro lado, es evidente que la película es muy sutil. Tan sutil, me parece, que excluye a la mayoría del público. Recuerdo a Roderer: las jugadas eran tan hábiles que ni siquiera el narrador de la novela –buen ajedrecista, supuestamente– podía comprenderlas bien. Y eso es lo tercero: La mujer sin cabeza es una película inteligente. Inteligentísima. (Al contrario de Leonera.) En suma: inteligente, sutil y creativa. ¿Cómo fue la experiencia completa que viví? (Se puede poner en duda lo que voy a recordar, sobre todo si tenemos en cuenta la película.) Yo había visto La ciénaga y La niña santa, que me parecieron obras maestras. Me enteré en algún momento de que Martel había realizado La mujer sin cabeza. La esperé con expectativa. Me enteré (por el diario local) de que la película había sido proyectada en el festival de Cannes, donde recibió las críticas frías y abucheos que mencioné antes. Algo perplejo, me puse a leer más críticas en Internet: eran ambivalentes, pero en general coincidían en la “frialdad”. Mientras tanto, yo esperaba que la proyectaran. Pasaron meses. Finalmente, hoy, la vi. Y la voy a ver de nuevo, para conocer el comienzo y descubrir sutilezas que seguramente se me escaparon. Ahora bien, yo fui a ver la película con el recuerdo vago de lo que ya había leído sobre ella. En particular, recordaba una crítica que la consideraba como una parábola sobre la memoria y el olvido acerca de la dictadura militar argentina. Ahora quiero ver la película sin ese influjo, que juzgo parcialmente erróneo. Yo no veo nada que se vincule directamente con ese hecho puntual; opino más bien que un mérito de La mujer sin cabeza es su carácter general, y desde ese punto de vista puede vincularse con cualquier hecho singular de memoria y olvido; un ejemplo entre muchos podría ser la dictadura militar argentina. Según lo que digo, el tema es la memoria y el olvido; y no está mal, pero yo lo diría de otro modo: el tema de La mujer sin cabeza son las representaciones mentales. El final de la película es tan desconcertante como genial. En la última escena hay una situación perfectamente cotidiana y anodina –una reunión de varias personas con música comercial–  pero vista a través de un vidrio. La clave de toda la película es ese vidrio: parece inexistente, por su transparencia, pero por momentos distorsiona la imagen. Así funciona la mente. Nuestra imagen del mundo no es el mundo sino una representación mental. Una pequeña falla en la representación pone de manifiesto lo que no vemos: algo que no es inexistente sino transparente. Esa falla es la repentina confusión de Verónica. La metáfora central de La mujer sin cabeza es la de la antítesis entre lo opaco y lo transparente. En síntesis, La mujer sin cabeza sugiere que las representaciones mentales –sobre el pasado, por ejemplo– son relativas y se construyen y reconstruyen. Lo cual no es incompatible con una filosofía realista y “objetivista”. Un par de recuerdos para vincular: 1. El crimen que existió pero se borra, en el final de la novela Crímenes imperceptibles, de Martínez; 2. Un verso paradójico de Borges: En el plástico ayer irrevocable…

La mujer sin cabeza / The headless woman / La mujer rubia / La femme sans tête / La donna senza testa / A mulher sem cabeça / Die Frau ohne Kopf
2008
Lucrecia Martel
María Onetto

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